Calibrando mi corazón

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Se acerca una nueva temporada, la Navidad, donde casi toda la sociedad automáticamente se sumerge en una carrera del tiempo, tratando de llegar bien a fin de año, asumiendo múltiples compromisos para el cierre del año y pensar en algo para el siguiente. Y como este año ha sido muy controversial, la mayoría solo anhela que se acabe.

Estuvimos hablando del corazón y analizando lo que la Biblia dice al respecto. En este escrito quiero reflexionar acerca de los afectos, esa parte del corazón que es el asiento de nuestras emociones y sentimientos.

En mis escritos anteriores analizamos que según el sistema de pensamiento de occidente, el corazón está separado de la mente, bajo el argumento popular de que el «corazón se refiere a donde están las emociones y la mente en el cerebro». Y como toda palabra tiene su etimología, esa idea específicamente lo adoptamos del pensamiento greco-romano, desde que el cristianismo se volvió la religión oficial del imperio. Desafortunadamente, los sacerdotes de la edad media adoptaron una cosmovisión más grecorromana que bíblica y, más tarde, las ideas de la iglesia católica romana se exportaron con la colonización española. Podemos seguir hablando mas detalladamente de historia, pero de momento ese no es el punto. Lo dejaremos para otra serie…

Vimos que existen muchos pasajes bíblicos para poder entender el sistema de pensamiento del mundo oriental y específicamente el de la Biblia y sus contemporáneos. Los Puritanos, después de la reforma protestante, volvieron a las Escrituras y, como resultado, floreció la interpretación correcta de la palabra «corazón» según la Biblia. Los Puritanos reconocían esa parte de nuestro mundo interior como “afectos” que se refiere a nuestros sentimientos, anhelos, deseos y motivaciones. Cuando usamos la expresión “me rompieron el corazón” no nos estamos refiriendo a que nuestro pensamiento fue dañado o que nuestro corazón físico funciona mal. Más bien, nos referimos a que nuestras emociones están tristes y decepcionadas. (Eclesiastés 11:9; Salmos 73:7; Hebreos 12:3; Salmo 20:4 y muchos más)

El pastor y teólogo puritano Jonathan Edwards en su obra sublime “Los afectos religiosos” dijo lo siguiente:

“Se podría hacer en este momento la pregunta ¿Precisamente a qué se refiere usted cuando habla de sus emociones? Mi respuesta seria la siguiente: Las emociones son las actuaciones enérgicas e intensas de las inclinaciones y la voluntad de alma. La verdadera religión consiste principalmente de emociones santas.”

Teniendo en cuenta todo este preámbulo, quisiera que reflexiones en esto: para los cristianos una de las festividades mas importantes es la Navidad. Aunque históricamente sabemos con certeza que no es la fecha del nacimiento de Jesús, asumimos que celebrar la llegada del salvador prometido es una oportunidad para predicar el evangelio y estrechar lazos con la familia y la comunidad de fe. Ahora bien, ¿estamos realmente teniendo el “espíritu navideño”? ¿a qué nos referimos con esa expresión? O mejor dicho, ¿a qué se refiere el sistema del mundo con esa expresión? Para ellos, básicamente, esas palabras se refieren a una actitud generosa y compasiva y, aunque puede darse un buen uso a ese pensamiento, no deja de estar lejos del verdadero espíritu navideño (actitud). Principalmente, el mundo utiliza la Navidad para el consumismo, vacaciones, colaboraciones altruistas, oportunidad para treguas de peleas familiares y muchos otros afines aparentemente buenos, donde podemos hasta optar por imitar ciertas practicas y terminar, teóricamente, el año mas ligeros emocionalmente. Pero eso, en realidad, solo agrega más carga a nuestros corazones.

Ahora bien, qué te parece si en vez de imitar las actividades y planes del común denominador nos detenemos a sopesar cuál es nuestro verdadero espíritu navideño. Para hacerlo más claro, meditar cuál es nuestra verdadera actitud para estas fiestas. ¿Estaremos dispuestos a calibrar nuestro corazón en esta temporada de tanto ajetreo social y emocional para ponernos a cuentas con nuestro buen Salvador? ¿Cómo lo haremos?

El Rey Salomón reflexiona en Proverbios 27:19 lo siguiente: Como el agua refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre. Lo que específicamente el predicador nos quiere decir es que todo lo que pensamos, decimos, sentimos, deseamos, anhelamos y hacemos denota lo que tenemos en nuestros corazones; lo que en verdad soy en mi corazón, eso demuestra quién soy verdaderamente.

Esas actitudes que diariamente estoy teniendo ante cada etapa y circunstancia de la vida, son una demostración del estado de mi corazón y de los afectos que están gobernando mi vida. ¨Por ejemplo: la amargura por no tener las cosas o las relaciones que quiero tener; el rencor que me impide perdonar a quien me falló; la rabia por la traición de un ser amado que no me permite tener gozo; el capricho de aferrarme a una relación que no es la voluntad de Dios; el egoísmo que me hace buscar mi propios placeres y deleites a costa de las personas que digo amar; la falta de contentamiento en mi estado presente y muchas otras actitudes que me llevan a perder mi alma.

Aunque a veces podemos estar fingiendo ciertos comportamientos para tratar de quedar bien o aparentar algo que no somos, no escaparemos realmente de la lupa misericordiosa de nuestro buen Pastor. Debemos orar como el salmista:

“Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, Y guíame en el camino eterno.” 
(Salmos 139:23-24)

El corazón del ser humano es tan profundo que en esa profundidad se encuentran actitudes de las que no somos conscientes. Solamente Cristo, atreves de Su Palabra, será capaz de revelarnos el estado de nuestros afectos.

La regla principal para calibrar los afectos de nuestro corazón es el primer y mas grande mandamiento: “Amarás al Señor con todo tu corazón” (Mateo 22:37). Cada vez que estás profundizando en las Escrituras, el Espíritu Santo te convence de toda verdad llevándote al arrepentimiento de esas actitud que impiden que ames a Dios con todo tu corazón. Esto es un proceso de redención diaria de tu propio corazón malvado e insuficiente para amar a Cristo por tu propia cuenta. Aunque aparentemente es una realidad trágica, es la noticia más gloriosa y magnánima que una persona puede contemplar, y la Navidad es la promesa más grande de este acontecimiento.

La Navidad nos recuerda que una vez vendría a la tierra un salvador que nos salvaría del poder del pecado en nuestras vidas. La Navidad es el cumplimiento de un Dios Santo, justo y misericordioso para hombres tan cargados de pecado, necesitados de redención y juicio eterno.

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” 
(Juan 1:14)

¿Qué mas podrías esperar en esta Navidad? ¡Con Cristo tenemos todo! Cristo es el regalo más grande y valioso para esta humanidad. La Navidad es Jesús en nuestros corazones. Aprovechá estas festividades para calibrar tu corazón, a sopesar en medio de tanto por hacer; hacé una pausa en tus actividades innecesarias y dedicate a lo que realmente importa, y a que, mientras disfrutas de una casa navideña, puedas también preparar la mesa de tu corazón con actitudes que te hagan prosperar en tus afectos, para que todos puedan ver a Cristo a través de tu vida a fin de que verdaderamente puedas disfrutar estas festividades con tu corazón centrado en amar a Cristo y a tu prójimo.

¡Feliz Navidad!

Miembro de la dirección general, redactora y expositora del Ministerio G&V para Mujeres en Verdad. Posee formación en teología y consejería. Casada con el pastor Federico Almada, con quien es madre de dos niños, mentora de líderes y consejera de mujeres en su iglesia local.

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