¡Crisis ecológica! Desafío para la Iglesia

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Hace ya varios años que soy cristiano y puedo decir que escuché innumerables sermones bíblicos; participé de varias charlas, conferencias y talleres; también estuve en varias iglesias de diferentes denominaciones y escuché predicar a muchos evangelistas, pastores y maestros. Sin embargo, no exagero al decir que jamás escuché un mensaje que tenga que ver con el creyente y su relación con el medio ambiente. O alguna prédica de sentido ecológico. Sí. ¡Jamás! Es como si, aparentemente, este no fuera motivo de consciencia y preocupación en la vida común de un creyente que busca agradar a Dios en su vida terrenal.

Quizás podríamos recordar el reciente incendio en Australia.

Quizá muchos admitan que, obviamente, el creyente no debería despreciar la creación de Dios. No obstante, a más de uno sí sorprenderá saber que la preocupación que bíblicamente el creyente debería expresar es muy significativa. O al menos “debería” serlo. De hecho, desde 1970 la preocupación se hizo evidente debido a tres factores básicos: El crecimiento demográfico que resulta en la imposibilidad de sustentar miles de millones de vidas a medida que pasa el tiempo. Así también, el agotamiento de recursos irremplazables que solo parecemos rentar de “la naturaleza”, y sin mencionar la tecnología incontrolable que es capaz de trastornar todo por un poco de “comodidad” y “felicidad”. Muchos podrían alegar que esta es una “realidad necesaria”, pero tampoco podemos negar la mala fama que el hombre tiene para con su entorno ambiental. Creo que está demás decir que esto va de mal en peor a medida que pasa el tiempo y todos son conscientes de eso, pero también deberíamos ser conscientes que, como creyentes, esta preocupación no es independiente de nuestra fe cristiana. Veamos la perspectiva bíblica:

Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella. Reinen sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que corren por el suelo».
(Génesis 1:28)

Bíblicamente sabemos que Dios ha dado al hombre dominio sobre la tierra. Los primeros dos capítulos de Génesis bastarán para reconocer esto. Se lee: “Hagamos al hombre a nuestra imagen…” y “señoree… en toda la tierra”. También se lee “Dios… les dijo: … llenad la tierra y sojuzgadla”. Aparentemente, el texto bíblico indica que el hombre se hace cargo de la creación en virtud de que es imagen de Dios.

Dios ha provisto en la tierra todos los recursos de alimento, gua, vestimenta, abrigo, energía y calor que necesitamos, y él nos ha dado dominio sobre la tierra en la cual estos recursos han sido depositados”.

John Stott

El hombre es un cooperador del orden natural. Aunque el hombre ejerza dominio sobre la tierra, es incapaz de controlar los procesos naturales. En ese sentido, el ser humano solo es llamado a cooperar con ellos siguiendo su curso natural. Génesis 1 resalta la idea que la tierra es fértil y producente sin necesitar de intervención humana [el hombre fue creado después]. E. F. Schumacher cita lo siguiente: “El hombre, sea civilizado o salvaje, es una criatura de la naturaleza (no es el señor de la naturaleza). Debe conformar sus acciones dentro de ciertas leyes naturales si es que desea tener su dominio sobre el medio ambiente”. Desde aquí muchos podrían pensar con mucha razón que lamentablemente el ser humano se ha empeñado en hacer todo lo contrario.

"La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella;
    el mundo y todos sus habitantes le pertenecen."
(Salmo 24:1)

Cuando la Biblia revela que el hombre tiene dominio sobre la tierra, inmediatamente lo hace responsable también por su administración. La tierra pertenece al hombre no porque él haya sido su creador, sino porque le fue confiada por quien sí es su Creador y verdadero dueño (Sal. 24:1). Esto tiene importantes consecuencias. Jesús identifica a Dios como preocupado de sustentar y preservar su creación (Mt. 5:45; 6:26; 28, 30). En ese sentido, Dios delegó al hombre su creación, de modo que este es responsable de su mayordomía. No es suyo para ser despreciado y tratado al mero antojo; mucho menos cuando Dios se muestra preocupado y laborioso para con por ella.

"Pues toda la creación espera con anhelo el día futuro en que Dios revelará quiénes son verdaderamente sus hijos. Contra su propia voluntad, toda la creación quedó sujeta a la maldición de Dios. Sin embargo, con gran esperanza, la creación espera el día en que será liberada de la muerte y la descomposición, y se unirá a la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que, hasta el día de hoy, toda la creación gime de angustia como si tuviera dolores de parto."
(Romanos 8:19-22)

Debería despertar el creer que Dios creó la tierra y encomendó su cuidado al hombre, y que un día la recreará de nuevo [cielo nuevo y tierra nueva]. Según el apóstol Pablo, “la creación gime… y esta con dolores de parto” (Ro. 8:19:22). Esos gemidos se deben a la “esclavitud de corrupción” causado por el pecado de sus mayordomos y toda la frustración que le sigue. Lamentablemente, parece bien adecuado el título del libro de Ronald Higins: “El factor humano en la crisis mundial”.

El interés y la preocupación por los temas ecológicos, no solo debería formar parte del interés cristiano, sino que debería estar dentro de lo más genuino de la fe. El cuidado de esta «casa» grande, que es la creación, compete y es obligación del creyente, que debe trabajar además para que todo se reconcilie con Dios en Cristo. Todo ello está dentro de la buena nueva “sobre la dignidad del hombre, sobre la vida, sobre la familia, sobre la ciencia y la tecnología, sobre el trabajo humano, sobre el destino universal de los bienes de la tierra y sobre la ecología: dimensiones en las que se articula nuestra justicia, se vive la fe y se da respuesta a los desafíos del tiempo” (Benedicto XVI A la Curia 21‐12‐07).

La iglesia debería tener una parte importante en todo este asunto. La crisis ambiental es preocupante y todos se resignan a que esto se ira intensificando. Es también una acción cristiana el aprender a pensar y actuar con sentido ecológico. El pecado latente evidencia que al humano le resulta más fácil someter a la creación que someterse al Creador. Ser libertos del pecado, el mismo pecado que frustra a la creación, también debería resultar en su nueva responsabilidad hacia lo que se le encomendó originalmente. Después de todo, en la raíz de la crisis ecológica se encuentra la ambición humana y lo que se ha llamado “la ganancia económica mediante la pérdida ambiental”. Es parte del discipulado cristiano cuidar la creación de Dios, así como Él también lo hace.

Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

¿Te gustó el artículo? ¡Compartilo con otros!

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Dejános tu comentario