DESEO QUE DIOS ME QUEBRANTE

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Muchas de nosotras pensamos en esto, quizás casi a diario. No queremos sufrir. No queremos tener problemas. Creo que ninguna deseamos pasar por alguna situación de quebranto. Al pensar en esto, nos hacemos varias preguntas como: ¿Por qué el quebrantamiento? ¿Qué hace Dios por medio de él? ¿Hay algo bueno que pueda traer el quebrantamiento?

Nuestro duro y orgulloso corazón necesita de Dios; reconocer que somos necias y frágiles sin Él, y que necesitamos ser quebrantadas para notarlo. Pero, ¿qué pasa cuando no quiero ser quebrantada? Bueno, tenemos un mal concepto del quebranto; como si consistiera en tener un eterno sufrimiento y que nunca seremos felices. El quebrantamiento no es un sentimiento o una emoción, es una manera de vivir constante y permanente en acuerdo con Dios y con Su Palabra; es el fin de mi propia y obstinada voluntad; es la rendición absoluta de mi voluntad a la de Dios, siendo humilde y obediente. El quebrantamiento es ablandar mi corazón, y la santificación requiere la experiencia del quebrantamiento. Entonces, ¿Por qué rechazarlo? ¿Por qué no ahondar más y más en las profundidades del quebrantamiento que Dios usa para nuestra santificación y Su gloria?

“El sufrimiento me hizo bien, porque me enseñó a prestar atención a tus decretos”

Salmos 119:71

Susannah Spurgeon dijo: «En el momento en que atravesamos por alguna prueba o dificultad, nuestro primer pensamiento no debería ser, cómo puedo escapar o aminorar el dolor de esto, sino cómo Dios puede ser glorificado de mejor manera en esto”. Estas palabras tocan profundamente, porque lo primero que hacemos (o personalmente hago) al momento de una dificultad, es tener una quejar y no ver de qué manera puedo glorificar a Dios, o qué me quiere enseñar, o  qué quiere quitar de mí.

Dios usa las pruebas o circunstancias para poner en evidencia nuestra necesidad y llevarnos hasta el final de nuestras fuerzas. Creo que todas hemos pasado los últimos 12 meses la difícil situación de la pandemia a causa del covid 19, la cual trajo tantos momentos difíciles, desempleos, dificultades matrimoniales, crisis financiera, el temor del contagio y los padecimientos de este virus. Todo esto es agobiante. Ante esta situación, podemos tomar la decisión de reaccionar con orgullo, resistirnos y resentir la circunstancia, dar lugar a la desesperación. O podemos responder con humildad, someternos a la mano de Dios y permitirle que nos forme y amolde a través de esa prueba.

No queremos ser quebrantadas, ¡es verdad! Creemos que no necesitamos pasar por todo este por profundo quebrantamiento porque somos buenas, y nuestro corazón es limpio y puro. Sabemos que somos pecadoras, pero en la práctica no experimentamos un dolor profundo por ello ni un deseo ardiente por la santidad. De hecho, ni siquiera podemos ver muchos pecados como pecado. Pero veamos la vida de Job, cuando pensamos en Job pensamos en sufrimiento. Un hombre que temía a Dios, era justo e intachable. Sus “amigos” lo juzgaron diciendo que el sufrimiento extremo que tuvo que soportar al perder todo (bienes, familia, salud) era un castigo por algo que hizo. Job alegó su inocencia y pidió la oportunidad de defenderse ante la corte celestial, demostrando tener un corazón justo en su propia opinión. Sin embargo, al final Dios hizo una serie de preguntas que ni Job ni sus amigos pudieron responder. Dios se reveló a Job como nunca antes, mostrando su grandeza, su infinito poder, su sabiduría suprema, y su soberanía. Ante eso, Job apenas pudo decir: Yo soy tan insignificante; ¿qué puedo yo responderte? Mi mano pongo sobre la boca (Job 40:4, NBLA). Job ya no se defendió, no era inocente, ahora se veía como un vil pecador con la necesidad de misericordia ante la majestad de Dios.

Job fue un buen hombre, pero también un hombre quebrantado, su sufrimiento no fue causado directamente por su pecado, pero a través del sufrimiento se levantó la tapa de su corazón y dejó ver un grado más profundo de corrupción de lo que él pudiera haber notado de otra manera. El pastor John Piper escribe que el quebrantamiento «le quita al hombre todo aquello de lo que pudiera alardear, de manera que toda la gloria sea para Dios”.

No queremos ser quebrantadas porque somos orgullosas, pero es a través de ese sufrimiento que Dios deja en evidencia las grietas, las fisuras, los lugares oscuros de las profundidades de nuestro ser. Debemos obedecer a Dios siempre que Él nos indique algún cambio en nuestro corazón, aunque sea difícil. Él puede dejarnos seguir caminando en el orgullo de nuestro corazón, pero tarde o temprano, Dios despedazará todo lo que se exalta a sí mismo y contra Él. Recordá que el orgullo es el mayor de todos los males que nos asedia, es invisible pero evidente.

Hermana, ¿Ves la gracia de Dios? El quebrantamiento es gracia de Dios. Es gracia que duele, pero es gracia que purifica. Es gracia que nos muestra la verdad. Es gracia que trae esperanza y un deleite más profundo en Cristo y Su Palabra. La gracia de Dios está siempre al alcance de quienes abandonan su orgullo y ofrecen un corazón contrito y humillado. No tengas miedo al ser quebrantada, no te sientas frustrada, derrotada o vacía, es Dios que te está purificando, Él no desprecia al corazón quebrantado y arrepentido (Salmo 51:17).

  “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isaías 57:15).

Si el quebrantamiento me lleva más a Cristo, sí quiero ser quebrantada.

Referencias

Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios, Nancy DeMoss Wolgemuth

La Sonrisa Escondida de Dios, John Piper

Escritos de Susannah Spurgeon

Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

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