Deseo ser cristiano: ¿Qué debo hacer?

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Según comenta John Stott, los enemigos más grandes de la fe cristina son la ignorancia y la confusión. Cientos de personas rechazan el cristianismo sin comprender claramente lo que en realidad es. Si tan solo supieran lo que el cristianismo es y su implicancia, quizás cientos más desearían ser cristianos1.

Lo magnífico de la fe cristiana es que Dios mismo llega al hombre para reconciliarse con él: «Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en el nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios!».

Tenemos un problema

La fe cristiana plantea una solución. Y la propuesta de una solución indica un problema muy bien definido. De hecho, el cristianismo responde al mayor problema del hombre,2 mediante la solución magnífica provista por Dios. Stott afirma que mientras no se observe la naturaleza del problema, el cristianismo no podría ser bien comprendido. Por tanto, es por allí que se empieza2. El apóstol Juan dice lo siguiente:

«Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad.» (1 Juan 1:5-6)

Es verdad que el texto de Juan fue dirigido a creyentes, pero aún es posible observar allí el problema fundamental del ser humano, por lo que pueden ser resumidos como sigue: (1) Los hombres viven en oscuridad y son todos pecadores. (2) Dios es luz y no hay oscuridad en él, ya que es puro y no hay pecado en él. (3) Dios no tolera el pecado, Él y el pecado no pueden estar unidos del mismo modo que no es posible unir la luz con las tinieblas3.

El pecado es un tema desagradable. La Biblia así lo declara y la experiencia común lo confirma. Las tinieblas han sumergido al ser humano en un egoísmo tal que ensombrecen todos los aspectos de su vida4. En el mundo mismo se ven los frutos y las consecuencias, pero Dios, por el contrario, es sin pecado y sin mancha alguna. La conclusión lógica, por tanto, es que el ser humano se halla enemistado y separado de Dios así como la luz y las tinieblas se contraponen y se separan entre sí2.

Para las escrituras, Dios es luz y, al mismo tiempo, habita en luz inaccesible: “Dios vive en una luz a la que nadie puede acercarse” (1 Tim. 6:16). Del mismo modo que la oscuridad es ahuyentada por la luz, así el pecador se aleja de manera natural de su Creador sin que pueda tener comunión con él. La única esperanza posible es que su pecado, de algún modo, sea borrado de en medio2. Habacuc dice: “Tú eres demasiado puro para consentir el mal, para contemplar con agrado la iniquidad” (1:13).

Stott, por su parte, resume el problema como sigue: ¿Cómo puedo yo, siendo pecador, ser reconciliado con un Dios tan santo? ¿Cómo pueden ser perdonados mis pecados para que yo pueda tener comunión con Dios?5. Además, como si no fuera a empeorar, la situación humana se agrava aún más cuando se considera al pecador, quien no solo se encuentra en tinieblas y sin posibilidad de tener comunión con Dios, sino que su realidad pecaminosa implica que está espiritualmente muerto (Efe. 2:5); viviendo según sus instintos desequilibrados (Efe. 2:3) y según la corriente de la sociedad caída y el maligno (Efe. 2:2). Incluso si el hombre caído deseara satisfacer su necesidad espiritual lejos de Dios, solo sería beber de cisternas rotas que no pueden retener agua saludable (Jer. 2:13). Sin duda alguna, todo lo que el hombre podría seguir, con la ausencia de Dios, solo es vanidad ilusoria. Como se lee en Jonás 2:8: “Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan.” El ser humano no solo se encuentra en dicha condición, sino que tampoco es consciente de ella.

Porque, ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, pero perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:26).

Hay una solución

Las Sagradas Escrituras da la solución a esta problemática: “Esto es muy cierto, y todos deben creerlo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores (1 Tim. 1:15). Claramente, desde las Escrituras, el Señor vino al mundo para salvar a los humanos de su problema más fundamental. Él descendió para ser Salvador de todos y obtener la consumación de esto en la Cruz del calvario5. Él vino a dar su vida para rescate (Mr. 10:45), y vino a buscar y salvar aquello que se había perdido por causa de la caída humana (Lc. 19:10).

Es así que Cristo vino a la tierra, no para vivir, sino para morir. John Stott afirma que Jesús vivía teniendo en mente que “la sombra de su cruz se proyecta sobre su camino desde el comienzo2, y esto lo mantuvo siempre presente incluso cuando aún “no había llegado su hora” (Jn. 7:30). Posteriormente, cuando hubo llegado el momento, Jesús “…emprendió con valor su viaje a Jerusalén” (Lc. 9:51) sabiendo perfectamente que allí le esperaba una cruel muerte. Pero esto nunca fue nuevo, Él lo predijo varias veces. En la última cena, Jesús no solo predijo su muerte, sino que también aclaró el propósito de ella: “Esto es mi sangre, con la que se confirma el pacto, la cual es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados” (Mt. 26:28)2.

Ahora bien, ¿cuál es el verdadero significado de su muerte para nuestro perdón? Según Stott, el significado real de la Cruz no radica en la brutal agonía de la crucifixión ni en el dolor mental causado por la desesperación que pudo atravesar. Más bien, el significado se encuentra en la angustia espiritual que sufrió durante esas amargas horas, pues estuvo colgado sobre el madero desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. Además, según el relato bíblico, hubo tinieblas en esas horas que, según la interpretación de Stott, era una pequeña expresión externa de lo tenebroso del pecado que en ese momento pesaba sobre el alma del Salvador6.

Todos nosotros nos perdimos como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, pero el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros” (Is. 53:6). Pablo indica algo similar a lo dicho por Isaías, aunque con una claridad más evidente: “… por causa nuestra, Dios lo trató como al pecado mismo, para así, por medo de Cristo, librarnos de culpa” (1 Cor. 5:21). Citando nuevamente a Isaías, el profeta había dicho que “él fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos salud” (Is. 53:5)2. Y como se había señalado antes, Dios, que es luz y en quien no hay tinieblas, no pudo estar en comunión con las tinieblas aun cuando su Hijo estuvo envuelto en ellas por amor a los hombres. Por lo cual, Dios volvió su rostro de Cristo y Él, estando en la cruz, se lamentó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27:46).

Posteriormente, cuando ya hubo llevado “él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz…” (2 Ped. 2:24), su siguiente clamor fue de victoria: “Consumado es” (Jn. 19:30). Dicha expresión implicaba que la obra de salvación ya estaba hecha y la justicia de Dios, al derramarse sobre su Hijo, ha sido satisfecha perfectamente. Cristo sufrió plenamente la paga por los pecados del mundo entero y así abrió la puerta de la vida eterna para todo el que creyera7.

Y no solo esto, sino que aún falta una evidencia final para vindicar el sacrificio de Cristo como aceptable ante Dios. Al tercer día de su muerte, el Espíritu Santo lo levanta de los muertos y lo exalta a la diestra del Altísimo. Por tanto, a todo aquel que le es presentado el evangelio para que crea, le es expuesto el Cristo crucificado y resucitado. Él “fue entregado por nuestras trasgresiones, y resucitado para muestra justificación” (Rm. 4:25). Es así que el sacrificio de Cristo y toda la obra de Cristo es perfecta y suficiente para los pecados del mundo. Solo su obra es capaz de lidiar con el problema fundamental del ser humano: el pecado. Pablo, de hecho, llama al mensaje cristiano el “mensaje de reconciliación” (2 Cor. 5:19).

¿Deseás participar?

Es verdad que la obra de Cristo fue completa y suficiente, pues él culminó satisfactoriamente su misión. No obstante, dice Stott, hay quienes piensan que por medio de la muerte de Cristo en la cruz, el perdón de los pecados se confiere automáticamente a todas las personas. Muchos, quizás, conocen la obra de Cristo, aunque en ellos permanece una apatía y una indiferencia por responder adecuadamente al mensaje de Cristo. El mensaje cristiano no es mecánico, tampoco impositivo, pues Dios no obliga a nadie a creer, sino que demanda una respuesta auténtica del ser humano.

Según Stott, hay tres pasos para que el hombre sea participe y reciba las implicancias de la obra consumada de Cristo. Los dos primeros son preliminares y el tercero es tan definido que, si el hombre lo tomara, será genuinamente un cristiano.

(1) Inicialmente el pecador debe confesar su realidad ante Dios, pues en Romanos 3:23 se lee que “todos han pecado y están lejos de la presencia salvadora de Dios”. En pensamientos, palabras y obras, todo individuo ha desobedecido los mandamientos de Dios. Y no solo esto, sino que ninguna cantidad de obras bastará para cumplir las demandas de Dios, pues por las “obras de la ley ningún hombre se justificará ante él” (Rm. 3:20). El hombre necesita un salvador que lo lleve hacia Dios

(2) Posteriormente, el pecador debe creer que Jesucristo murió en la cruz para ser, justamente, ese salvador que necesita. Como lo dice Gálatas 2:20: “el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. Por lo cual, Él llevó los pecados del creyente en su propio cuerpo sufriendo la pena del castigo justo que el hombre merecía: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…” (1 Ped. 3:18).

(3) Por último, el pecador que ha creído debe acercarse a Jesús y tomar los beneficios de la Cruz. De hecho, si Él murió para ser el Salvador del mundo; quien ha creído tiene la gracia de pedir que sea su Salvador. Finalmente, el hombre que ha reconocido a su Dios y Salvador Jesucristo, está reconciliado con Dios y es capaz de gozar una comunión. ¡Esa es la razón por la que fue inicialmente creado!8.

También debés saber esto

Existen advertencias necesariamente considerables antes de dar el paso. Cristo constantemente advertía a las personas que no lo siguieran solo por una reacción emocional. Les decía también que no comenzaran a edificar sin calcular el costo del edificio. Del mismo modo, cada hombre, antes de aceptarlo, debe pensar y meditar en las implicancias que incluye la fe cristiana.

Jesús predicaba: “arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr. 1:15). Este mensaje, se podría decir, fue la primera exigencia de Cristo. En otras palabras, la fe que profesa quien recibe a Cristo también va acompañada con un profundo arrepentimiento y aversión al pecado. Ahora bien, la siguiente exigencia de Cristo incluye su señorío, y no solo su salvación. Es decir, el creyente no solo ha creído en Cristo para salvación, sino que también ha decidido obedecerlo como su Señor. Por lo general esto incluye imitarlo y no olvidarse de sus palabras: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue su cruz y sígame” (Mr. 8:34). Y, finalmente, el creyente salvado y obediente al Señor está comisionado a dar testimonio de su fe a otros. Todo creyente debe confesar su nueva fe en Cristo9 por si quizás otros se arrepientan también.

A una oración de distancia…

Se ha observado lo que significa ser cristiano y el paso necesario para serlo. El problema está claramente expuesto al igual que la solución: que es el pecado, Cristo y su Cruz. Aunque algunas demandas para ser cristiano pudieran parecer fatalistas, pues así aparentará para todo aquél que no conoce realmente al Señor, Stott culmina diciendo que no existe en el mundo nada que pueda compararse con la profunda satisfacción de conocerlo a él. ¡Todo vale la pena si se trata de conocerlo a él!.

El impacto y la satisfacción de ser un seguidor de Cristo es tal que Pablo sostuvo que todo lo que antes valía mucho para él dejó de valer al ser comparado con el bien supremo de conocer a Jesús (Fil. 3:8)2. Además de esto, al considerar la Cruz y el inmenso amor expresado es imposible permanecer indiferentes. Si alguien ha comprendido claramente el problema en el que se encuentra y lo que Cristo ofrece y exige, entonces no hay nada que impida a alguien ser cristiano10. A veces solo una oración sincera es necesaria:

“Señor Jesucristo, confieso humildemente que he pecado en pensamiento, palabra y obra,
que soy culpable de hacer intencionalmente lo malo,
que mis pecados me han separado de tu santa presencia
y que no hay en mí nada que me dé derecho a estar delante de ti.
Creo firmemente que moriste en la cruz por mis pecados, padeciendo por ellos en tu propia carne
y sufriendo en mi lugar la condenación que ellos merecían.
He meditado el costo de seguirte.
Sinceramente e arrepiento y vuelvo la espalda a mis pecados pasados.
Estoy dispuesto a rendirme a ti como mi Señor y Maestro.
Ayúdame, Señor, a no avergonzarme de ti.
Así, pues, ahora te recibo.
Creo que, por largo tiempo, has estado esperando con paciencia
ante la puerta que yo mantenía cerrada. Ahora la abro.
Entra, Señor Jesús, y sé mi Salvador y mi Señor para siempre.
Amén.”11

Notas:

  1. Stott, J. (1995). Cómo llegar a ser Cristiano. (E. Certeza, Ed.) Buenos Aires, Argentina: Certeza ABUA, pág. 3[]
  2. Ibíd.[][][][][][][][]
  3. Ibíd., págs. 3-5[]
  4. Ibíd., pág. 4[]
  5. Ibíd., pág. 5[][]
  6. Ibíd., pág. 6[]
  7. Ibíd., pág. 7[]
  8. Ibíd., pág. 9-10[]
  9. Ibíd., pág. 12[]
  10. Ibíd., pág. 12-13[]
  11. Guía de oración de John Stott extraído de Stott, 1995, pág. 13[]
Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

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