Una guía para estudiar la Biblia

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En la introducción al tema de la “Interpretación de la Biblia1, el escritor John Stott asume que un mensaje sacado de las escrituras puede ser bendecido por Dios aunque este se haya extraído de una forma inadecuada. De hecho, por más sorprendente que parezca, “a veces Dios bendice una pobre exégesis de una mala traducción de una lectura dudosa de un oscuro versículo de un profeta menor2. Sin embargo, esto no es una excusa para descuidar la interpretación bíblica; puesto que si la Biblia es la palabra infalible de Dios, merece el esfuerzo requerido para comprenderla y reverenciarla con diligencia. Además, aunque la Biblia sea la palabra infalible de Dios, ningún cristiano individual, iglesia o grupo, es interprete infalible de ella. Por lo tanto, las interpretaciones humanas pertenecen a la esfera de la tradición y deben ser filtradas a través de las mismas escrituras que se pretenden interpretar3. Ahora bien, aunque esto sea así, Stott propone tres instrucciones y tres principios como guías de una interpretación fiel y adecuada.

Instrucciones

La guía del Espíritu Santo

El principal guía e instructor, sin duda alguna, es el Espíritu Santo. La naturaleza de la escritura misma es el criterio adecuado para una correcta interpretación. Es decir, si creemos que los autores de la Biblia fueron inspirados por el Espíritu Santo, entonces debemos ver las escrituras desde esa óptica. Si la paternidad principal de escrituras pertenece al Espíritu Santo, entonces Él se constituye como el mejor intérprete de su propio mensaje.

Además de esto, siendo el Espíritu Santo el comunicador más fiel del mensaje de su propia autoría, entonces Él las comunica al creyente a través de dos etapas. La primera, es objetiva, y se trata de la “revelación4 de la verdad en las Escrituras. La segunda, es subjetiva, y se trata de la “iluminación5 de las mentes de los creyentes para captar las verdades ya reveladas6.

La necesidad de la iluminación es ejemplificada en Isaías 29:11-127 y, según Stott, esta facultad es dada por el Espíritu a los ya regenerados8 (Jn. 3:3) para que estos puedan entender el mensaje de Dios (1 Cor. 2:14). Así también, el Espíritu ilumina a los humildes según Mt. 11:25-26; a los obedientes según Jn. 7:17; 14:21; y a los que testifican, puesto que la luz de una lámpara no debe esconderse, y es preciso, al igual que los apóstoles, trasmitir las enseñanzas de Jesús; pues de lo contrario ya no lo recibirían más (Mr. 4:24). Además de esto y citando los textos de Sal. 119:18 y Ef. 1:17-19, Stott resalta la importancia de que la lectura esté acompañada de una oración reverente para pedir entendimiento. Esto es comprendida como evidencia de humildad y dependencia del interprete9.

Es necesaria la disciplina

Ahora bien, la segunda instrucción sugiere que, aunque del Espíritu dependa nuestra iluminación; al mismo tiempo este no reemplaza nuestra necesidad de “disciplina” en el estudio de las escrituras. La humildad y dependencia del Espíritu no sustituye el esfuerzo humano. En la educación divina, Dios también espera que seamos responsables del uso de nuestra propia razón. Es más, las mismas escrituras evidencian con gran énfasis esta realidad. Por ejemplo, Salmo 32:9 presenta la queja de que el humano es “como caballo, o como el mulo, sin entendimiento”. También se observa que Jesús reprochó a sus apóstoles la falta de sentido común (Mr. 8:17-21). Esta misma convicción se ve en Pablo en 1 Corintios 10:15: “Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo”. En conclusión, no basta con la humillación y dependencia delante de Dios, también es preciso dedicar tiempo a nuestra comprensión del mensaje revelado10.

La Iglesia es importante

El tercer maestro e instructor es la Iglesia. Aunque el Espíritu es el maestro directo de nuestras mentes, también emplea su enseñanza de manera indirecta a través de la Iglesia. Dios no ha revelado su mensaje a un solo hombre; sino a muchos profetas y apóstoles. Su obra de iluminación no se remite a individuos particulares, sino a “todos los santos”; los cuales son capacitados para conocer el amor de Dios, que excede todo conocimiento11. Por consiguiente, no es correcto despreciar las herencias tradicionales de interpretación bíblica trasmitidas desde el pasado hasta el presente, así como tampoco despreciar a los maestros de la iglesia contemporánea como ministros que han recibido ese don de Cristo mismo (Ef. 4:11-12). Por lo tanto, cada creyente debe estar dispuesto a aprender y recibir exhortaciones de otros creyentes con humildad. Aunque es preciso recalcar que cada creyente es libre de juzgar y analizar con el filtro de las escrituras si lo expuesto por otro realmente es correcto (Hch. 17:11)12.

Además de todos estos instructores propuestos por Stott, aún existe el peligro y la posibilidad de hacer decir a las escrituras lo que se desea y no lo que realmente dice. De hecho, cada culto pseudocristiano y las doctrinas de diversas sectas siempre parecen recibir cierto apoyo de algún que otro versículo bíblico. Sin embargo, el propio Nuevo Testamento condena a aquellos que “adulteran” y “tuercen” la Palabra de Dios para fines personales y egoístas (2 Cor. 4:2; 2 Ped. 3:16). Por lo tanto, esto es una realidad latente incluso desde las escrituras mismas y su respectiva advertencia13.

Principios

Como respuesta a esta problemática, el autor propone, además de los tres instructores mencionados, tres principios más, los cuales guiarán al creyente a una sana interpretación.

La Biblia es clara

El primero, es el “Sentido Natural” o principio de “simplicidad”. Este principio sostiene que Dios, en su naturaleza de desear revelarse, se ha revelado de manera clara. Esto se observa principalmente en su revelación “hablada”, por consiguiente, cada interprete debe estar seguro que Dios ha emitido un mensaje fácilmente inteligible con el propósito de ser entendido y no para contribuir a alguna confusión o enigma misterioso. Es a través de la claridad, y no la confusión, que Dios ha preservado el mensaje de Su palabra. Respecto este primer principio, Stott cita la escritura del apóstol Juan: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1Jun. 1:5). Es más, el propósito principal de Dios en su mensaje fue y es comunicarse con la gente “común” con el propósito de salvarlos14. No obstante, esto no excluye la posibilidad de discusión y desacuerdos por cuestiones doctrinales en las escrituras que no parecen ser claras. Ante esta posible objeción, Stott sostiene que, por lo general, esto corresponde a aspectos secundarios no tan relevantes. Por lo tanto, Stott mantiene este principio, aunque recomendando humildad, amor y tolerancia ante los diversos desacuerdos que podrían haber por cuestiones de interpretación de aspectos no tan fundamentales15.

Siguiendo con el principio de simplicidad, Stott aconseja buscar primeramente el significado natural y obvio de todo lo que la Biblia revela. Es decir, optar por un sentido literal en primera instancia antes que incurrir a una “fantasiosa alegorización”; a menos que el texto pudiera indicar lo contrario. Fue gracias a los reformadores que se ha preservado el principio de simplicidad luego de que Orígenes de Alejandría (siglo IV) y otros teólogos medievales hayan propuesto la “escuela alegórica”. Sumando a esto, John Stott cita con admiración las palabras de Calvino16:

“Sepamos, pues, que el verdadero significado de la Escritura es el significado neutral y obvio; y adoptémoslo y sostengámoslo resueltamente. No sólo rechacemos como dudoso, sino que decididamente hagamos a un lado como corrupciones letales, aquellas pretendidas exposiciones que nos aparten del significado natural.”17

Posteriormente, el autor menciona el ejemplo de Jesús, quien ocasionalmente usaba alegorías; pero su forma de instrucción favorita eran las parábolas, las cuales, no son lícitas forzar respecto a los detalles de ellas con el fin de encontrar significados ocultos allí. Por ejemplo, en las escrituras existen evidentes alegorías como: El Buen Pastor (Jn. 10); la Vid y los pámpanos (Jn. 15) y el Sembrador (Mr. 5). En contraste, la parábola del Buen Samaritano (Lc. 10:29-37), por ejemplo, fue la respuesta de Cristo a una pregunta específica: “¿quién es mi prójimo”. Allí el mensaje claro es que el amor al prójimo es capaz de trascender todas las barreras como raza y religión. No es necesario forzar dicha parábola en busca de otro mensaje alegórico incluido en los detalles de esta, sino solo limitarse a las intenciones originales de Cristo18. Además, aunque la biblia sea rica en su mensaje metafórico, siempre es adecuado y esencial analizar en qué punto se establece la alegoría y evitar discutir por cuestiones que comúnmente van más allá de los límites de las escrituras19.

Siguiendo con el primer principio, el conflicto por reconocer un sentido literal o alegórico en las escrituras es también una realidad latente. Por lo tanto, Stott propone el criterio necesario para decidir cuáles expresiones de las escrituras son alegóricas y cuáles no la son. Para esta guía es necesaria el “sentido común” al preguntarnos: ¿cuál es la intención original del autor? Por ejemplo, el libro de las revelaciones (Apocalipsis) describe a los redimidos de Dios reunidos alrededor de su trono vistiendo ropas blancas, las cuales han sido emblanquecidos en la sangre del cordero20. Según el autor, además de ser repulsivo, es imposible concebir tal descripción si lo tomáramos literalmente. Evidentemente el apóstol Juan utiliza un lenguaje en forma de símbolo que debe interpretarse, no como una imagen a visualizar, sino como expresiones a interpretar con sentido común. Por lo tanto, siguiendo este criterio, el texto nos da el mensaje de que la justicia de los redimidos (ropas blancas) se debe íntimamente a que han puesto su confianza en la sangre del cordero (lavado sus ropas). Aquí, por ejemplo, el sentido común nos guía a un sentido figurado y no literal21.

La Biblia tiene un contexto

El segundo principio, por su parte, corresponde al “sentido original”, el cuál es el principio histórico (o de la historia). Este principio sostiene que Dios ha revelado su mensaje en un contexto particular de la historia y el tiempo; por lo que su mensaje universal y eterno solo puede ser entendido a la luz de las circunstancias en las que fue dado originalmente. Este principio metódico de interpretación es comúnmente conocido como “método histórico-literal”. Para la descripción de tal principio, John Stott cita a J. Gresham Machen:

“El método histórico-científico en la interpretación de la biblia exige que se permita a los escritores bíblicos hablar por sí mimos. Hace alrededor de una generación esta característica del método científico se exaltó a la dignidad de un principio, y fue honrada con un largo nombre. Se le llamó “exégesis histórico-literaria”. La noción fundamental del método es que el estudiante moderno debe distinguir claramente entre lo que él habría dicho o lo que quisiera que el escritor bíblico hubiera dicho y lo que este dijo realmente”.22

Básicamente, el principio exegético busca reconstruir, también, el contexto del libro bíblico en cuestión: ¿Quién lo escribió y a quién? ¿En qué circunstancias? ¿Por qué razón?23. Por ejemplo, el trasfondo histórico de Santiago pudo haber evitado diversas confusiones en Lutero y quizás lo hubiera llevado a no rechazar esta epístola. Es verdad que Pablo habla de una justificación por fe “sin las obras de la ley” con Abraham como ejemplo, mientras que Santiago subraya una justificación “por las obras, y no solo por la fe” puesto de nuevo a Abraham como ejemplo (Rom 3:28; 4:1-3; Sant 2:21-24). Aunque parezca contradictoria ambas afirmaciones, en realidad son reconciliables y complementarias. Mientras Pablo se dirigía a los legalistas que creían en una salvación por obras, Santiago refirió su mensaje a los “religiosos” que creían en una salvación por la ortodoxia. Lo concreto es que ambos creían en una salvación por fe y que las obras son evidencias de una fe genuina. En conclusión, era natural según las circunstancias históricas que Pablo resalte la fe que produce buenas obras, mientras que Santiago hacía énfasis a las obras como fruto visible de la fe24 25

Seguidamente, Stott pone a consideración, el estilo o género de los libros particulares de la biblia. Estas pueden ser: prosa o poesía; salmo o apocalipsis; drama, carta o un evangelio. La interpretación del creyente dependerá en gran medida de la forma o género de la porción escrita que busca interpretar. Además de esto, también es preciso considerar el “lenguaje” bíblico y su significado particular que, por lo general, no es similar a gran parte de nuestro lenguaje actual. Para tal explicación, el autor utiliza de ejemplo la expresión bíblica “amor”: Para esta palabra, en el lenguaje bíblico, existen cuatro palabras griegas distintas que traducen esa misma expresión26.

Finalmente, respecto a este segundo principio, Stott concluye que, aunque la palabra de Dios haya sido dada a un determinado contexto cultural, esto no implica que deba ser rechazada en nuestra época actual. Más bien, es necesario aceptar la enseñanza bíblica como valor permanente y traducirla en los términos culturales contemporáneos27.

La Biblia es armónica

El tercer y último principio, refiere a la búsqueda del “sentido general” de la Escritura, también conocido como el principio de la “armonía”. Como el nombre sugiere, la Biblia presenta un mensaje armónico proveniente de una sola mente, aunque humanamente se observe a varios autores independientes28. Según Stott, las aparentes discrepancias tienen su explicación al observarlas bajo el filtro armónico. Es decir, cada creyente debe buscar resolver esta problemática al interpretar las escrituras como un todo armónico. Esto, al mismo tiempo, llevará al interprete a comprender las escrituras teniendo a la misma Biblia como criterio y no explicar la escritura en contraposición de ella misma.

De esta manera, el autor recomienda que “…debemos acercarnos a las Escrituras confiados en que Dios ha hablado y que, al hablar, no se contradice a sí mismo«29. Además de esto, Stott amplía el concepto de su principio citando el argumento de John Knox a la reina María de Escocia durante un debate con ella en Edimburgo, en 156130:

“Vos interpretáis las Escrituras de una manera, y ellos de otra; ¿a quién he de creer y quién juzgará? John Knox respondió: Creed en Dios, que ha hablado claramente en su Palabra. Y además de lo que la Palabra os enseñe, no creáis ni a uno ni a otro. La Palabra de Dios es clara en sí misma; y si aparece alguna oscuridad en un lugar, el Espíritu Santo, que nunca se contradice, explica lo mismo y más claramente en otros lugares.”31

El ejemplo más claro de este último principio se encuentra en la armonía necesaria del Antiguo y Nuevo Testamento, donde Stott aborda lo concerniente a la ley mosaica y el cumplimiento de las profecías. Si bien, el principio de armonía no elimina la posibilidad de “revelación progresiva”, sino que subraya que la verdad fue progresando de verdad a más verdad. Por ejemplo, la ley de fue divinamente dada al pueblo a través de la mediación de Moisés. Su emisión divina no implica su permanencia obligatoria sobre todo cristiano. Para tal efecto, el autor hace una distinción entre estos preceptos. Es decir, mientras que las leyes ceremoniales tratan de todo lo concerniente al templo, sacerdocio, sacrificios y alimentos; las leyes morales (diez mandamientos), por su parte, siguen vigentes. No obstante, a la luz de toda la escritura y el Nuevo Testamento en esencia, las leyes ceremoniales fueron abrogadas por Cristo por lo que ya no están vigentes. Las leyes morales, por el contrario, siguen vigentes. De hecho la perfección moral que expresaban las leyes morales exigieron la muerte de Cristo en la cruz para cumplir las exigencias de perfección con el fin de regalar esa rectitud moral a los que creen. Además de esto, dicha ley es escrita por el Espíritu Santo en los corazones de los que son de la fe en Cristo (Rom 8:3-4; Jer 31:33; 2 Cor 3:6-8).

Las profecías, por su parte, se ve desde la convicción del Nuevo Testamento al Cristo cumplir algunas de ellas en su primera venida. Esto lo vemos en la defensa de Pablo ante Agripa (Hch 26:22): “Persevero hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y grandes, no diciendo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que había de suceder.”32.

Según John Stott, las profecías del Antiguo Testamento opera generalmente en tres pasos. (1) Cumplimiento inmediato o literal; (2) Cumplimiento espiritual; (3) Cumplimiento fiel o celestial33.

En conclusión…

Finalmente, el autor concluye con un resumen de sus tres principios partiendo del carácter de la Biblia misma como palabra escrita de Dios. Respecto a esto, el intérprete diligente siempre debe buscar el sentido natural, puesto que Dios desea comunicar su mensaje de manera clara; el sentido original, dado que Dios emitió su mensaje en un contexto específico en la historia; y el sentido general, ya que la fe en el Dios cristiano implica la realidad de que Dios no miente y su revelación es consecuente consigo mismo. Por tanto, es imposible encontrar contradicciones. La simplicidad, historia y armonía tiene su raíz en la naturaleza de Dios y en el carácter de las escrituras como un claro mensaje de Dios a los hombres. La responsabilidad en el trato de las escrituras es puesta ante el creyente que busca interpretarlas34.

John Stott aborda, quizás, lo más importante respecto a la base de una interpretación bíblica adecuada. Para ello, no se remite meramente a lo metódico, sino que aborda su argumentación en base a lo más importante del hecho: la relación del creyente con Dios y las escrituras que busca interpretar.

  1. Capítulo el libro “Cómo comprender la Biblia”. (Stott, 2005[]
  2. John Stott oyó decir esto a Alan Cole, de Sydney. (Stott, 2005, pág. 187[]
  3. Stott, J. (2005). Cómo comprender la Biblia. (O. Cabral, Ed., & A. F. Sosa, Trad.) Barcelona, España: Edición Certeza Unida Barcelona, Buenos Aires, La Paz., pág. 187[]
  4. Sin “revelación” no hay una verdad bíblica para percibirla[]
  5. Sin “iluminación” no hay facultad para describir dicha revelación[]
  6. Stott, 2005, pág. 188[]
  7. “Yo os daré toda visión como palabras de libro sellado, el cual, si dieren al que sabe leer, y le dijeren: ‘Lee ahora esto;’ él dirá: ‘No puedo, porque está sellado.’ Y si se diere el libro al que no sabe leer, diciéndole: ‘Lee ahora esto;’ él dirá: ‘No sé leer.’”[]
  8. Regeneración, según el argumento de Stott, es el Nuevo Nacimiento[]
  9. Stott, 2005, págs. 188-191[]
  10. Stott, 2005, págs. 191-193[]
  11. Efesios 3:18-19[]
  12. Stott, 2005, págs. 193-196[]
  13. Ibíd., pág. 196[]
  14. Ibíd., pág. 197[]
  15. Ibíd., pág. 198[]
  16. Ibíd., págs. 199-200[]
  17. Comentario sobre Gálatas 4:22, traducción W. Pringle, Calvin Translation Society, 1854, página 136. Tomado del libro “Cómo aprender la Biblia” de John Stott, 2005.[]
  18. Stott, 2005, pág. 200[]
  19. Stott, 2005, pág. 201[]
  20. “Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:14[]
  21. Stott, 2005, págs. 201-202[]
  22. J. Gresham Machen: What is faith? 1ra edición, 1925, Hodder (sin fecha), pág 24. Tomado del libro (Stott, 2005[]
  23. Stott, 2005, pág. 203[]
  24. “Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18[]
  25. Stott, 2005, págs. 203-204[]
  26. Stott, 2005, pág. 204[]
  27. Ibíd., págs. 205-206[]
  28. Ibíd., pág. 207[]
  29. Ibíd., págs. 208-209[]
  30. Ibíd., pág. 208[]
  31. El debate se registra cerca del comienzo del Libro Cuarto de The History of the Reformation of the Church of Scotland, por John Knox. Edición inconclusa 1587, 1ra edición completa, 1644, página 314. Extraído del libro (Stott, 2005[]
  32. Stott, 2005, págs. 212-213[]
  33. Ibíd., págs. 213-214[]
  34. Ibíd., pág. 214[]
Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

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