Los 5 fundamentos de la fe cristiana

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Lutero y las cinco solas

La preocupación central de Lutero siempre se enfocó en lograr tener una relación correcta con Dios. Esa preocupación no era solo de Lutero, sino de muchos feligreses de su tiempo que buscaban la misericordia de Dios. Ante esto, la iglesia oficial de aquel entonces había propuesto dos formas de satisfacer a estas demandas. Por un lado, para obtener una relación correcta con Dios había que seguir el camino de la perfección (Mt. 19:21). Según ellos, aquella vida perfecta solo podría obtenerse viviendo en los monasterios, alejados del mundo corrupto. Y por otro lado, considerando a quienes no querían ingresar a los monasterios, la iglesia proponía otra alternativa: Los sacramentos. Estos eran accesibles a los creyentes y posibilitaba experimentar las misericordias de Dios1.

Ambos caminos (monasterio-sacramento) poseían una misma idea: Dios es misericordioso con todo aquel que se acerca con fe y amor, especialmente la persona que es digna de él o hace cosas que la hagan merecedora de su perdón. Por tanto, la fe no era entendida como confianza en el amor de Dios (fiducia), sino como la práctica de los dogmas de la iglesia (assennsus). De manera que, amar era vivir la vida que Dios ordenaba ya sea en un monasterio o la práctica reverente de los sacramentos2.

Ahora bien, la mecha que encendió la reforma protestante inicia con la insatisfacción que Lutero halló en ambas vías, pues descubrió que no resultaban para traer paz a su vida2 ni lidiar con lo serio de su pecado, y el pecado en sí de los hombres. Lutero no vio más que desesperación tanto que, según sus propias palabras, estaba “en una cloaca3. Por tanto, aquella doble vía no era más que una idea equivocada del evangelio y la verdadera voluntad salvífica de Dios4.

La Reforma de Lutero hizo tres planteos en el pensamiento de la iglesia que históricamente jamás serían olvidadas: (1) La Biblia tiene siempre un mensaje nuevo cuando se necesita. (2) El centro del mensaje de la Biblia es la relación entre Dios y sus criaturas. (3) Dicha relación es simple, pero revolucionaria, porque cambia todo5. En el desarrollo de estos tres planteos, Lutero contribuyó con cuatro ideas hoy consideradas fundamentales: sola Fide, sola Gratia, sola Scriptura, solo Christo. Posteriormente, se culminaría con soli Deo Gloria.

Sola fide: Solamente por fe

La contribución más importante de Lutero a la teología cristiana fue su redescubrimiento de la doctrina de justificación únicamente por la fe, lo cual implica la total suficiencia de Dios en la salvación. Ésta sola fue fundamental de modo que, como lo dijo Lutero mismo, “si la doctrina de la justificación (por fe) se pierde, se pierde todo el resto de la doctrina cristiana». De manera que la justificación solo por la fe constituye el corazón del movimiento de la Reforma6.

Como resultado de su estudio de Salmos y Romanos, Lutero se percató que “fe” y “amor” indica, antes que nada, la fidelidad de Dios a su pueblo, y luego la confianza de su pueblo en él. En efecto, el Dios fiel hacía justo a su pueblo, colocándolo en una relación correcta con él. El amor, por consiguiente, no sugería un esfuerzo por ganar el favor de Dios, sino la reacción de gratitud del pueblo justificado por el amor primario de Dios7.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados… Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” 
(1 Juan 4:10, 19).

Con la doctrina de “sola fe”, Lutero puso a todos los hombres en igualdad espiritual en la presencia de Dios. También dejó al ser humano con la total responsabilidad por su destino y con la seguridad de encontrarse con Dios para rendir cuentas. De este modo, introdujo tres elementos de poder transformador en la teología cristiana: (1) Seguridad en cuanto a la fe; (2) libertad en cuanto a la conciencia; y, (3) responsabilidad personal en cuanto a la obediencia8.

No obstante, si la salvación es solo por fe, ¿qué hay de la ley de Dios? Es importante entender que cuando Dios dio su ley al hombre, no lo hizo pensando en que el tal podría ser capaz de cumplirla toda sin quebrantamiento alguno, sino para revelar la maldad del corazón del hombre9 y la imposibilidad de ser moralmente aceptos ante Dios. En Romanos 3:20 se observa que “por medio de la ley viene el conocimiento del pecado” y en 8:7-8 se lee: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. La realidad es sencilla, el hombre “no puede” obedecer las leyes de Dios, pues es carnal y, por tanto, siempre estará enemistado con Dios si de la ley dependiera su justificación. Es como si la ley de Dios tenga la función de amedrentar al ver que era imposible cumplirla, dejando al hombre consciente de su corrupción y expuesto a la ira de Dios, con la única alternativa de clamar por un redentor. La ley divina tiene el propósito de llevar a los hombres a Cristo, quien es el suficiente redentor.

“Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, atestiguada por la ley y los profetas; es decir, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen; porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica la que tiene fe en Jesús.” 
(Romanos 3:20-26)

La ley dice al hombre que tiene una gran demanda ante Dios, es un deudor suyo, y tal deuda es imposible para él pagarlo. Pero la ley no solo revela la imposibilidad del hombre, sino que también lo debe conducir a quien si puede cumplirla. Gálatas 3:24 dice: “Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para fuéramos justificados por la fe”. Por tanto, la única manera de que el pecador quede libre de la deuda es que algún otro viniera y cumpliera cabalmente con la ley de Dios mediante su vida perfecta y, al mismo tiempo, estuviera dispuesto a que la deuda del pecador se cargara a su cuenta, aunque esto implicara su propia muerte. Debido a la cruz y la fe, la perfección moral y santidad de Cristo le es dada al creyente, mientras que su pecado le es es transferido a Cristo. Es como si el creyente fuera justo y pecador al mismo tiempo. De hecho, Lutero hacía referencia a esto al decir: “símul justus et peccator”, que es justo y pecador a la vez10.

Sola gratia: Solo por gracia

Lutero, fiel a las enseñanzas del apóstol Pablo, consideraba que el ser humano es injusto de forma innata. Es decir, se encuentra corrompido por el pecado, de modo que ésa es su naturaleza misma. Tal imperfección le imposibilitaba salvarse a sí mismo, ya que sus mejores esfuerzos jamás podrán satisfacer las demandas de un Dios santo y justo. No obstante, en la salvación revelada en el evangelio, es Dios quien toma la iniciativa y quien justifica (vuelve justos) a aquellos que creen en Cristo. Por tanto, Dios es primero y supremo como autor de la salvación, y el acceso a Él está abierto y es gratuito11, pues los méritos que cuentan son los de Cristo, y no los del pecador que cree. Debido a que la fe sola es el único contacto entre el pecador y el Salvador, la salvación es un don divino que el pecador nunca podrá merecer: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Rm. 3:24).

En Efesios 2:8-9 se lee textualmente que la salvación es por gracia y “no por obras, para que nadie se gloríe”. De hecho, si la sola fe es necesaria para la salvación, tal efecto excluiría las obras, y su no es por obras, entonces es “inmerecido”, ¡y precisamente la gracia es eso! El apóstol Pablo mismo formula la conclusión lógica al decir: “Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia” (Rm. 11:6). Por lo cual, es imposible que la salvación sea por gracia y obras al mismo tiempo.

Definitivamente, Lutero tuvo una gran experiencia de salvación cuando descubrió en la Escritura que Dios no solo es un juez justo, sino un Dios de amor. De pasar a temer la ira de Dios, pasó a confiar en la bondad del misericordioso Dios, que tiene la disposición de salvar al pecador antes que condenarlo12.

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” 
(Efesios 2:4-9).

Sola Scriptura: Solamente la Escritura

El principio de Sola Escritura proclama que la Biblia es la “autoridad final o la corte de última apelación en todo lo que afirma (o implica)». Este principio fue sostenido por los reformadores al igual que el principio Sacra Scriptura sui ipsius interpres (las Sagradas Escrituras son su propio intérprete)13.

Es verdad que Lutero fue uno de los grandes teólogos del cristianismo y el conocido reformador que impactó al mundo. Sin embargo, siempre fue la Biblia el eje central de su labor reformadora. Por lo tanto, Lutero fue un reformador bíblico. Sus escritos teológicos fueron extensos comentarios bíblicos (Génesis, Salmos, Hebreos, Romanos, Gálatas) en forma de sermones y conferencias. Su dedicación fue tal que, en su estudio de la Biblia, echó mano de la mejor traducción de sus días: El Nuevo Testamento Griego de Erasmo, el diccionario hebreo de Juan Reuchlin, el comentario a los Salmos de Jacques Lefévre de Étaples. Es así que, al igual que otros, Lutero procuró comprender mejor la Biblia desde los textos originales, traduciendo dichos textos al alemán y, sobre todo, aplicando sus enseñanzas a su vida personal14.

Es así que Lutero se mantuvo bibliocéntrico respecto a su conocimiento de Dios, pues trató de hallar a Dios y comprender su voluntad para con sus criaturas a la luz de las Escrituras. Para Lutero no había otra autoridad en materia de fe y práctica religiosa que las sagradas escrituras. Incluso, su fidelidad a la autoridad bíblica lo llevó a rechazar los decretos papales o las enseñanzas de la tradición misma2.

“Yo no puedo someter mi fe al papa o a los concilios porque está tan claro como el día que ellos han errado continuamente y sé han contradicho a sí mismos. A menos que yo sea convencido por el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes, me mantengo firme en las Escrituras por mí adoptadas. Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar ninguna, viendo que no es seguro ni justo actuar contra la conciencia. A Dios que me ayude. Amén.”15

De esta manera Lutero sostuvo el principio de Sola Escritura. Para él, “las Escrituras eran la norma normans (norma determinante), y no la norma normata (norma determinada)»16. De modo que la Escritura determina aquello que el hombre debe profesar y no viceversa. De hecho, Jesús mismo sostuvo esto al decir a las autoridades religiosas de su tiempo “invalidaron la Palabra de Dios con sus tradiciones” (Mr. 7:13).

“Pero ante todo sabed esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios” 
(2 Pedro 1: 20-21).

Según las afirmaciones del apóstol Pedro es posible sostener que (1) La Biblia no es asunto de interpretación personal, y sus verdades no están sujetas a la subjetividad de los hombres. (2) La Escritura provee una revelación divina, pues revela la persona y voluntad de Dios. (3) Las Escrituras son inspiradas por Dios, de modo que proviene de Dios mismo. El valor y la preponderancia de las escrituras también son evidenciadas en las advertencias del apóstol Pedro acerca de torcer los escritos de Pablo y/o los otros escritos apostólicos: “la cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras (Antiguo Testamento), para su propia perdición” (2 Ped. 3:16).

También Dios advierte acerca del peligro de adulterar la revelación, añadiendo mentiras o quitar verdades de ella (Ap. 22:18-19). Incluso, tal advertencia ya es observada incluso en la ley del Antiguo Testamento: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordene” (Dt. 4:2). No cave dudas de que la Escritura es determinante: “A :la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esta palabra, es porque no hay para ellos amanecer” (Is. 8:20).

Solus Christus: Salvación solamente en Cristo

Lutero adquirió una nueva comprensión de su relación con Dios, pues la gracia de Dios no era algo dado como poder mágico para la salvación, ni es algo por ganar. Si la fe y la gracia eran los aspectos esenciales de la salvación, Lutero tuvo que rechazar los sacramentos, obras, y la misma iglesia como el centro de la fe cristiana, ya que tal lugar solo corresponde a Cristo. Para Lutero, fe y salvación significaban simplemente “tener un Dios” y él lo encontró esto solo en Cristo, el Señor17, quien dijo: “… Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14:6).

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” 
(Hechos 4:12)

El principio de Solus Christus no solo busca considerar a Cristo como medio de salvación, sino que lo establece como el único y suficiente salvador. Los reformadores tuvieron que luchar con los trasfondos religiosos en donde Cristo había perdido terreno como el único camino al Padre. El reformador Zwinglio lo expresó bien al decir:

“El resumen del evangelio es que nuestro Señor Cristo, el verdadero Hijo de Dios, nos ha hecho conocer la voluntad de nuestro Padre Celestial y nos ha redimido de la muerte y nos ha reconciliado con Dios a través de su inocencia. Por tanto, Cristo es el único camino de salvación de todos los que fueron, son ahora o serán.”18

Solo Cristo completa de manera absoluta todo lo necesario para la salvación. Tanto la vida como la muerte y la resurrección de Jesús contribuyen a la salvación de los perdidos, y nadie más que él puede hacerlo. Cristo vivió una vida de completa obediencia a las demandas de Dios que ningún hombre podría vivir; sufrió una muerte bajo la ira reservada por los pecados que ninguno podría soportar; y resucitó de entre los muertos para vencer a la muerte y erradicar las consecuencias del pecado. Por tanto, la salvación del creyente requiere la vida, muerte y resurrección de Cristo, ¡y únicamente de Cristo!

“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador… Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.” 
(Juan 10:1, 7).

Lutero vio a Cristo y su cruz como la marca distintiva de toda teología sana. La teología de la cruz fue la llave hermenéutica para la lectura y estudio de las escrituras19. Cuando miraba la cruz, veía la victoria de Cristo sobre Satanás y sus demonios. De hecho, toda superstición que sostuvo a Lutero fueron eliminadas cuando contempló la cruz20. Un Himno que escribió habla de sus convicciones:

“Así habló el Hijo: Aférrate a mí, 
A partir de ahora, con eso bastará. 
Por ti yo di mi vida, 
Por ti yo la entregué, 
Pues tuyo soy, mío eres tú; 
Y donde nuestras vidas se entrelazan, 
El viejo enemigo no las conmoverá.”2

Sili Deo Gloria: Solo a Dios sea la gloria

Cuando se observa el evangelio que impactó a Lutero y la realidad de la sola fe, sola gracia y solo Cristo, la reacción del creyente naturalmente será admirar toda la maravillosa obra de Dios para su salvación. De hecho, si se analizan detenidamente solo a Dios la gloria, se notará que encierra las otras “cuatro solas” anteriores. Michael Horton dice:

“Predicar las Escrituras es predicar a Cristo; predicar a Cristo, es predicar la cruz; predicar la cruz es predicar la gracia; predicar la gracia es predicar la justificación (por fe solamente) y predicar la justificación es atribuir toda la salvación a la gloria de Dios y responder a esas buenas nuevas en obediencia agradecida a través de nuestra vocación en el mundo”21.

La gloria de Dios, dentro de las solas, habla de la absoluta suficiencia de Dios en la obra de salvación. ¿Quién es el firmante original de la obra de salvación? El apóstol lo describe muy bien de la siguiente forma: “Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que, tal como está escrito: El que se gloria, que se gloríe en el Señor” (1 Co. 1:30-31). Está claro, por tanto, que los creyentes no se hicieron hijos de Dios a sí mismos. Si la salvación correspondiera al hombre, entonces tendría de que gloriarse, sin embargo, Dios es quien da su salvación por gracia, a través de la fe, “para que nadie se gloríe” (Efe. 2:9).

El Pr. Miguel Núñez, respecto a la gloria de Dios en el evangelio, dice:

“Creo que por mucho tiempo hemos predicado una salvación centrada en el hombre y hemos hecho a ese hombre el centro del plan de redención de Dios cuando la palabra de Dios describe una historia redentora, Dios-céntrica de principio a fin. Todo es de Él, por Él y para Él. Por tanto, solo a Él sea la gloria.”22

La salvación se efectuó sin ayuda ni consejero “para que nadie se jacte delante de Dios” (1 Co. 1:29). Al hombre no le corresponde ningún porcentaje de esa honra. Soli Deo Gloria era el lema de los reformadores en este sentido. Por tanto, no es posible tomar crédito alguno por la salvación. ¡Demos la gloria solo al buen Dios!

  1. Deiros, P. A. (2008). Historia del Cristianismo: Las Reformas de la Iglesia. Buenos Aires, Argentina : Ediciones del Centro. Pág. 64.[]
  2. Ibíd.[][][][]
  3. Llardon, R. (2005). Los Generales de Dios II: Los apasionados Reformadores. Buenos Aires, Argentina: Peniel. Pág. 138[]
  4. Deiros, 2008, pág. 64.[]
  5. Ibíd., págs. 64-65.[]
  6. Núñez, M. (2016). Enseñanzas que Trastornaron el Mundo. Nashville, Tennessee, EE.UU: ByH Español. Pág. 59[]
  7. Ibíd., pág. 65[]
  8. Ibíd., pág. 65.[]
  9. Ibíd., pág. 63.[]
  10. Ibíd., págs. 66-67.[]
  11. Deiros, 2008, pág. 65.[]
  12. Ibíd., págs. 65-66.[]
  13. Núñez, 2016, pág. 22.[]
  14. Deiros, 2008, pág. 66.[]
  15. Roland H. Bainton, The Reformation of the Sixteenth Century (Boston, MA: Beacon press, 1952), 60-61. Extraído de Núñez, 2016, pág. 19.[]
  16. Miguel, 2016, pág. 20.[]
  17. Deiros, 2008, pág. 66[]
  18. Núñez, 2016, págs. 96-97.[]
  19. García , A., & Domínguez , R. (2008). Introducción a la vida y teología de Martín Lutero. Nashville, EE.UU.: Abingdon Press. Pág. 174.[]
  20. Llardon, 2005, pág. 138.[]
  21. Núñez, 2016, pág. 134.[]
  22. Núñez, 2016, pág. 137.[]
Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

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