¿Qué es la conversión?

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Fe y arrepentimiento

La conversión puede definirse como el acto de darle la espalda al pecado en arrepentimiento y volverse a Cristo en fe1. Algunos teólogos ven esto como la respuesta espontánea al llamado del evangelio, donde el pecador se arrepiente de forma sincera de sus pecados y pone una genuina confianza en Cristo para su salvación. De hecho, la palabra conversión en sí misma significa “volverse” y representa un giro espiritual. En otras palabras, volverse del pecado e ir rumbo a Cristo2.

Para el cristianismo, el mero conocimiento no es suficiente, sino que es necesario un cambio. La conversión como acción personal es más que un simple conocimiento. Aunque es necesario cierto conocimiento de quién es Cristo y lo que Él ha hecho, esto no es suficiente para salvarse. Hay personas que conocen las leyes de Dios y aun así se rebelan contra el Creador. Y lo que es más, incluso los demonios saben quién es Dios y su obra salvadora, pero esa clase de conocimiento es desestimado por Santiago cuando dice: “¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen y tiemblan” (Stg. 2.19)3.

La conversión es la sustancia básica del llamado de Dios. ¡Él desea que el pecador se arrepienta! ¡Él no desea que perezca! La conversión es el aspecto determinante en el don más grande que puede obtener el ser humano: Su salvación. Pero sin conversión, solo hay condenación.

Dios llama a la conversión

La imagen de darle la espalda al pecado se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el libro de Ezequiel se percibe la exhortación del Señor en los siguientes términos:

“Por tanto, casa de Israel, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, dice Jehová, el Señor. Convertíos y apartaos de todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque yo no quiero la muerte del que muere, dice Jehová, el Señor. ¡Convertíos, pues, y viviréis!” (Ezequiel 18.30-32)

Posteriormente, en el mismo libro de Ezequiel se le advierte al impío que se aparte de su camino (Ez. 33.7-11). Y ya en el Nuevo Testamento, Pablo utiliza varios símbolos para expresar la misma idea: “Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.” En Hechos de los Apóstoles se ve a Pedro abogando por un cambio de dirección en la vida: “Así que, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de consuelo” (Hch. 3.19)4. Incluso, la básica predicación de Jesús, el evangelio, tiene como demanda básica la conversión: “… Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mr. 1.14-15).

Como es de notarse, el llamado a la conversión parece tener dos aspectos incluidos, los cuales son inseparables: Arrepentimiento y fe. Los teólogos sugieren que ambos aspectos son distinguibles (son distintos), aunque al mismo tiempo inseparables5. Por tanto, se podría decir que en la conversión existe tanto un factor negativo y positivo. El aspecto negativo consiste en abandonar el pecado, y es comprendido en el arrepentimiento. Y el aspecto positivo implica no un abandono, sino el adoptar una acción, y se trata de depositar una genuina confianza en Cristo, y es comprendido en la fe3.

De algún modo, ambos aspectos no son sin el otro, sino que el uno está motivado por el otro. Por ejemplo, cuando el pecador es consciente del pecado y se aparta de él, ve la necesidad de volverse a Cristo en fe para que pueda recibir rectitud. De igual modo, creer en Cristo hace consciente al pecador de sus faltas para que sea conducido al arrepentimiento3. Cualquiera sea el orden, podría implicar lo mismo.

“Se ha tratado la cuestión: ¿Qué es primero, la fe o el arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria y es inútil insistir en que una cosa sea antes que la otra. No hay prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente. El arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento creyente(…) la fe en Cristo es fe para salvación del pecado. Pero si la fe se dirige a la salvación del pecado, debe haber odio contra el pecado y el deseo de ser salvo del mismo.”6

Arrepentimiento

El arrepentimiento es considerado, como se ha dicho, el aspecto negativo de la conversión; puesto que consiste, no en empelar una acción, sino en el abandono o la negación de algo, específicamente en el abandono consciente del pecado y la vida que desagrada a Dios. Básicamente, el arrepentimiento germina con un sentimiento de remordimiento santo por el pecado7, al punto de aborrecerlo y abandonarlo.

Los términos hebreos del Antiguo Testamento expresan bien esa idea. Por ejemplo, arrepentimiento es expresado como “shub”, palabra que no solo implica “jadear, suspirar o gemir”, sino que arguye a un abandono activo del error pecaminoso. De hecho, se utilizan mucho en los llamamientos que hacen los profetas de Israel para que el pueblo se vuelva al Señor (2 Cro. 7.14; Is. 59.20)8.

Ya en el Nuevo Testamento, es posible encontrar dos expresiones para arrepentimiento que podrían servir para contrastar un arrepentimiento genuino de uno falso. Por ejemplo, la expresión griega “metamelomai” implica tener sentimientos de cuidado, preocupación o pesar, y solo resalta una acción emocional sin necesariamente implicar el odio y el abandono del error. En una ocasión se utilizó ese término para explicar el remordimiento de Judas tras traicionar y vender a Jesús (Mt. 27.3). Es así que el remordimiento como el de Judas (Mt. 27.3) o de Esaú (Heb. 12.17) no tiene el poder de superar la acción destructiva del pecado. Pedro, por el contrario, luego de negar a Jesús, tuvo un sentimiento muy distinto que el sentimiento de Judas, el traidor. Es verdad que ambos responden a su error con arrepentimientos distintos, pero mientras uno se dolió del error y volvió a Cristo, otro fue y se ahorcó9.

Aparentemente, el concepto adecuado para el arrepentimiento genuino se halla en el término griego “metanóia”, que significa literalmente “pensar de forma diferente sobre algo, o cambiar de idea” ¡Este si es un verdadero cambio! Dicha expresión era bastante característico en la predicación de Juan el Bautista: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt. 3.2). Incluso, también fue un término clave para la predicación de la iglesia primitiva. En la primera predicación de la iglesia, por ejemplo, Pedro señaló a la multitud: “Arrepentíos (metanóia) y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don de Espíritu Santo” (Hch. 2.38)10.

En base a esto, se podría decir que el arrepentimiento consiste esencialmente en un cambio de corazón, mente y voluntad. Esta clase de cambio tiene que ver principalmente con cuatro cosas: El pecador tiene un cambio de mente acerca de Dios y de sí mismo; acerca del pecado y la justicia divina. Por tanto, “metanóia” no es solo un cambio de pensar, sino algo mucho más particular. El arrepentimiento es el cambio de mente en relación al pecado y la vida pecaminosa. El énfasis es tal que algunas confesiones cristianas definen al arrepentimiento como “… una gracia salvadora por la cual el pecador, por un verdadero sentimiento de su pecado y la comprensión de la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y odio contra su pecado se aparta de él volviéndose a Dios, con un pleno propósito… de una nueva obediencia”11.

El arrepentimiento ocupa un lugar preponderante en el mensaje del evangelio, puesto que es un requisito para la salvación. El gran número de versículos y contextos que hablan acerca de esto dejan bastante claro que el arrepentimiento no es opcional en la salvación, sino que es expresamente fundamental e indispensable. Los creyentes, así como los discípulos, también están llamados a predicar el evangelio, el cual incluye el arrepentimiento. Incluso, poco antes de su ascensión a los cielos, Jesús dijo12:

"Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.” (Lucas 24.46-47).

El mensaje del arrepentimiento no es una solicitud procedente de los predicadores enviados, sino de Dios mismo. Es decir, Dios genuinamente desea que todos se salven arrepintiéndose de sus pecados. Este fue el mensaje declarado por Pablo a los filósofos: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17.30). El arrepentimiento procede de Dios y, por lo tanto, ¡jamás debe ser eliminado del mensaje del evangelio!13. Su importancia no radica solo en que, en una ocasión pasada, el creyente se arrepintió de su pecado, sino en el hecho de que su arrepentimiento le ayuda a identificar si su fe es genuina o no. El corazón quebrantado y contrito es una marca permanente en el alma del creyente. El camino a la santificación es el camino a la contrición por el pecado del pasado y del presente. El Señor perdona los pecados, y el perdón está sellado por la luz de su rostro; pero, por así decirlo, el creyente nunca se perdonará a sí mismo14, ¡y ese permanente dolor es señal de fe genuina! Es a lo que Pablo llama el ser “contristados según Dios” (2 Co. 7.9-10).

La fe

Por otro lado, así como el arrepentimiento es el aspecto negativo de la conversión; pues se trata de rechazar el pecado, la fe, por su parte, es el aspecto positivo de la conversión; ya que incluye aceptar la promesa de Dios y la obra de Cristo para salvación15. La fe es el movimiento del alma entera en entrega y dependencia de Cristo para su salvación del pecado16. Se podría decir que la fe es el centro mismo del evangelio, porque es el vehículo mediante el cual se recibe la gracia salvadora de Dios (Ef. 2.8; 3.12)17. Sin embargo, ¿qué es la fe? ¿en dónde se deposita la fe?

Iniciando por el Antiguo Testamento se podría decir que en el hebreo no existe un término muy específico para lo que es la fe en sí. Sin embargo, se podría mencionar el término “emunah” (Hab. 2.4), el cual podría traducirse como “fidelidad”. La razón por la que no existe una expresión exacta podría deberse a que particularmente los hebreos consideraban a la fe, no como algo que se tiene, sino como algo que se hace. Otros términos existentes a considerar podrían ser “am´an”, el cual implica considerar algo como cierto o estable. O bien, “batach”, que a menudo significa “apoyarse y confiar en”, y describe una entrega total18.

En contrapartida, cuando se observa el Nuevo Testamento, es posible identificar un término principal que refiere a la fe salvadora, que indica la conversión. Se trata del término griego “pisteuo” o “pistis”. El término incluye dos significados básicos3:

Primero: La fe implica creer lo que dice alguien o aceptar una declaración como verdadera. Los ejemplos de este sentido son bastantes llamativos en contextos como la recomendación de Juan de “no creer” a todo espíritu, sino probarlos (1 Jn. 4.1). Así también, la fe del centurión (Mt. 8.13); el ánimo de fe que Jesús dio a Jairo (Lc. 8.50); y la pregunta hecha por Jesús a los ciegos respecto a que, si “creían”, entonces Él podría sanarlos (Mt. 9.28). Todos estos ejemplos dan a entender que la fe implica creer algo como verdadero o asentar una información como cierta. De hecho, el autor de Hebreos declara que la fe, en el sentido de reconocer las verdades de Dios, es indispensable para Dios: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y recompensa a los que lo buscan” (Heb. 11.6)3.

Segundo: La fe de conversión también implica, no solo creer algo como verdadero, sino en depositar confianza personal. Por ejemplo, alguien podría creer que lo dicho por alguien es verdad, pero no confiar en ese alguien. La Biblia no solo llama a aceptar intelectualmente una verdad, sino que llama a una confianza personal. Jesús mismo llamó a una confianza personal y entrega al evangelio (Mr. 1.15), y los apóstoles señalaron que la fe debe ser depositada en la persona de Cristo (Hch. 10.43; Jn. 1.12). Quizás los detractores no podían negar los dichos de Jesús y lo admitían, pero no deseaban confiar Su persona (Mt. 27.42)3. Es decir, aunque crean que sus dichos eran verdad, no deseaban creer en Él.

Por lo cual, en base al contexto que implica el “creer”, se puede concluir que el tipo de fe que se necesita para la salvación tiene que ver con “creer que…” y “creer en…” Esto es, por supuesto, aceptar los hechos como verdad y confiar en una persona. Es vital mantener unidas ambos aspectos19. Además, también es importante tener en mente que la eficacia de la fe no reside en sí misma, ni es correcto creer que la fe es algo que merezca el favor de Dios. En realidad, toda la eficacia reside únicamente en el Salvador. Algunos han enfatizado esto diciendo que la fe sola no salva, sino que la fe en Jesucristo lo hace. Incluso, hablando de manera más estricta, no es siquiera la fe en Cristo aquello que salva, sino que es Cristo quien salva mediante la fe20.

La conversión es obra de Dios


 En 2 Corintios 5.17 dice: “Por tanto, si alguno está en Cristo, nueva criatura es”. Este tipo de lenguaje se refiere a la conversión de una persona. Todo ha cambiado. Los antiguos valores, las antiguas ideas, las antiguas ambiciones, las antiguas perspectivas, los antiguos afectos y las antiguas creencias son reemplazadas por otras nuevas21. Lo que se debe tener en claro sobre este asunto es que dicha conversión no es por mérito ni fuerza humana, sino que es una obra sobrenatural hecha por Dios en virtud de su maravillosa gracia.

Se podría decir que la conversión es el efecto de la obra de Dios sobre el hombre. Es un elemento crítico de la salvación en donde el hombre se convierte, pero es Dios quien lleva a cabo dicha conversión. Los textos bíblicos son bastantes claros sobre este asunto. Según se lee, es Dios quien concede el arrepentimiento (2 Tim. 2.25) y lleva a las personas a Cristo (Jn. 6.44; 6.65). Es su Espíritu quien convence al pecador de su incredulidad (Jn. 16.8-9) y es el Hijo quien se revela al hombre (Mt. 11.27) y atrae a los pecadores hacia su Cruz (Jn. 12.32).

De manera que el pecador no puede convertirse a menos que la gracia y el poder de Dios hagan efecto en él. Aquellos que se han convertido arrepintiéndose de sus pecados y han creído en Cristo, lo han hecho debido al poder grato de Dios que actuó de manera eficaz en ellos. Por otro lado, aquellos que no creen al evangelio ni responden a su llamado de arrepentimiento y fe, han resistido deliberadamente a la gracia de Dios (Hch. 7.51; Rom. 10.21; Mt. 23.37). O bien, han ignorado y despreciado la benignidad, paciencia y perseverancia de Dios que los guiaba al arrepentimiento (Rom. 2.4).

El poder y la magnitud de la gracia de Dios que se ha manifestado para salvar a todos los hombres (Tit. 2.11) es tal que la condenación se enfoca sobre aquellos que rechazaron dicha gracia (Jn. 3.19). La perversión que lleva al pecador a oponerse al favor de Dios que busca llevar a los pecadores a Cristo es tanta que, dice Jesús, supera a los habitantes perversos de Sodoma (Mt. 11.23). ¡Rechazar el testimonio del Espíritu es imperdonable! (Mt. 12.32).

En conclusión…

La vida cristiana, por su misma naturaleza y definición, implica vida nueva y un cambio radical en comparación a todo lo anterior. Como diría el apóstol Pablo: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Co. 5.17). Dios resucita al pecador y cambia toda su vida. De hecho, esta nueva vida dura siempre, incluso hasta la eternidad, y es irónico que ese eterno y maravilloso plazo solo tiene un punto concreto. Es como un un viaje de cientos de kilómetros y un cambio tan radical que comienza con un solo paso, aunque determinante y significativo: La conversión.

Notas:

  1. Erickson, M. (2008). Teología Sistemática (Segunda ed.). (J. Haley, Ed., & B. Fernández, Trad.) Barcelona, España: Clie. Pág. 942.[]
  2. Grudem, W. (2005). Doctrina Bíblica. (I. Rojas & Rojas Editores, Ed., & D. M. Mesías, Trad.) Miami, Florida, EE.UU.: Vida. Pág. 307[]
  3. Ibíd.[][][][][][]
  4. Erickson, 2008, págs. 941-942.[]
  5. Ibíd., pág. 942.[]
  6. Murray, J. (2007). La Redención Consumada y Aplicada. (A. Pimentel, Ed., & H. Casanova, Trad.) Grand Rapids, Michigan, EE.UU.: Libros Desafío. Pág. 111.[]
  7. Erickson, 2008, págs. 943-944[]
  8. Ibíd., pág. 944[]
  9. Ibíd., págs. 944-945[]
  10. Ibíd., pág. 945[]
  11. Murray, 2007, págs. 111-113[]
  12. Erickson, 2008, págs. 945-946[]
  13. Ibíd., pág. 946[]
  14. Murray, 2007, pág. 114[]
  15. Erickson, 2008, pág. 947[]
  16. Murray, pág. 106[]
  17. Erickson, pág. 947[]
  18. Ibíd., pág. 948.[]
  19. Ibíd., pág. 949[]
  20. Murray, 2007, págs. 110-111[]
  21. MacArthur, J. (15 de Noviembre de 2018). Conversión: La experiencia de la Salvación. Obtenido de Evangelio.Blog: https://evangelio.blog/2018/11/15/conversin-la-experiencia-de-la-salvacin/[]
Director general del Ministerio G&V. Formado en teología y apologética, es escritor de temas relacionados a su enfoque ministerial. Además de servir en su iglesia local, se desempeña como conferencista y profesor de apologética asociado a «Fe Razonable» del Dr. Willian Lane Craig.

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